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El vértigo, la historia de Evgenia Ginzburg

La autora de este escalofriante testimonio, Evgenia Ginzburg, era una comunista ejemplar, periodista y profesora de marxismo-leninismo en su natal Kazan.

El vértigo, la historia de Evgenia Ginzburg

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Antonio J. Meroño Campillo

Antonio J. Meroño Campillo

Estudió Historia Moderna y Contemporánea y actualmente da clases de inglés. Escribe en MUNDIARIO y también es colaborador de prensa y radio, así como escritor. Colaborador de MUNDIARIO

La historia de las purgas estalinistas del 37-38, toda la represión, el gulag, figura por derecho propio en la historia universal de la infamia. El tirano georgiano, víctima de una paranoia casi sin precedentes, desató un genocidio atroz contra su propio pueblo, apoyado en criminales como el fiscal Vichinsky, Yagoda, Beria y toda su cohorte de verdugos, muchos de los cuales acabaron probando de su propia medicina en esa delirante espiral de violencia que se desató en la heroica patria del “socialismo realmente existente”.

La revolución de Octubre ya nació viciada y el propio Lenin comenzó con la represión creando la famosa cheka. Pero al poco de la muerte del gran líder, el camarada Koba instauró una terrible dictadura que duró más de veinte años, un régimen de terror parangonable al Reich de Hitler, Himmler, Heydrich…..

La autora de este escalofriante testimonio, Evgenia Ginzburg, era una comunista ejemplar, periodista y profesora de marxismo-leninismo en su natal Kazan. Casada, con dos hijos, no supo o no quiso ver los horrores del totalitarismo hasta que los sufrió en sus propias carnes. Vive en un mundo de ensueño hasta que en 1937, en pleno furor de las purgas, es detenida, acusada de terrorista troskista y condenada a diez años, que empieza a purgar en la cárcel de su ciudad. Comienza un calvario que va a durar 15 años, hasta la muerte del tirano. La vida en la prisión es dura: apenas comen, duermen de día para poder así leer de noche con la débil luz del pasillo los escasos volúmenes que pueden tomar prestados de la biblioteca. Al menos tiene una compañera de celda, también presa política, con la que congeniar y compartir angustias. Zenia, como la llaman, adquiere la costumbre de recitarse largos poemas, de Puskin, Ajmátova…es una costumbre que adquiere en la cárcel y le va a servir en su largo martirio para darse ánimos.

Pero lo peor está por llegar: el traslado a Kolymá, el terrible gulag, el lager. Allí todo es realmente espantoso: trabajo a destajo en las minas, talando árboles, sin apenas comida, en medio de un frío polar. Las descripciones son angustiosas, ponen los pelos de punta. Están condenados a una muerte segura: la comida, como digo, es casi inexistente, las epidemias abundan, la tuberculosis hace estragos. La gente muere en masa. Pero Zenia no va a pasar demasiado tiempo trabajando al aire libre: va a tener suerte, amigos que la van a ayudar: Pronto va a recibir formación como enfermera y pasar a cuidar enfermos durante casi toda su estancia en Kolymá. Eso la salvará de una muerte segura: Y llegará también el amor de Artur, un médico alemán también condenado. Pese a sus largas separaciones, pasan bastante tiempo juntos. Va a ser el hombre con el que comparta su vida hasta su temprana muerte, en 1959, a causa de las condiciones de la deportación. Ella vivirá hasta 1977.

La gente muerte a montones, pasan hambre, tienen escorbuto: Pero ella no se arredra, ayuda, afronta las dificultades. Llega el año 1953, la muerte de Stalin. Ya estaba trabajando en mejores condiciones, en un jardín de infancia. Las cosas empiezan a cambiar: llega a vivir con ellos su hijo adolescente, que se convertirá en un famoso escritor disidente, y una niña a la que adoptan. Pueden incluso viajar a Moscú, al continente, como llaman a Rusia. Dos años después, todos son rehabilitados.

Nuestra Zenia dedicará muchos años a escribir estas memorias, que golpean al lector, lo sajan como un cuchillo afilado. Circulará por Rusia clandestinamente, en copias ciclostiladas, pero en Occidente se publica, Ehrenburg le trae copias de las ediciones. No vivirá para verlo publicado en su patria, pero ahí está este testimonio sobrecogedor, que te deja helado. No podemos olvidar, como dijo Aleixandre: “Pero el olvido, nunca”.