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Mar alicantino: inigualable fiesta de luz y azul

No hay placer comparable al de andar descalzo sobre la arena entre la juguetona espuma rompiente de las olas vegetales de luz viva reflejada en Alicante.

Mar alicantino: inigualable fiesta de luz y azul
Mar de Alicante. / Ramón Palmeral.
Mar de Alicante. / Ramón Palmeral.

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Ramón Palmeral

Ramón Palmeral

Escritor especializado en ensayos de investigación literaria. Ha publicado varios ensayos sobre Miguel Hernández. Dirigió la revista PERITO (Literario-Artístico), y actualmente, el blog Nuevo Impulso. También ha sido colaborador de varios medios como Alicante Press, Diario Información, Levante-EMV.

Los poetas que perdieron Troya cantan inútilmente la furia de Aquiles, parece como si el pasado empujara o se adueñara del futuro, o que resbalara como una babosa sobre el espejo que ya no refleja mi imagen. Este azul es más de griegos que fenicios o romanos. Cuando te miro, mar alicantino,  desde lo alto de tu corona real, desde las almenas del Castillo de Santa Bárbara se me pone azul y verde el corazón y, como un calambrazo, siento, sufro, por todo mi ser la mezcla del combustible entre el aire marino y la luz levantina de los impresionistas: Sorolla, Fernando Soria, Pérezgil, Gastón Castelló, Santana…

Los hombres mediterráneos nacemos con esa pizca de sal marina entre los labios del beso pronto

Como una flecha, en el horizonte se abre una línea detonante de silenciosos azules por donde me cuelo con la atenta imaginación de las aventuras marineras de ultramar y las habaneras, y desde las seguras y dentadas almenas, junto a los oxidados cañones, arrojo infinitos pedazos de mi cuerpo líquido y vegetal, porque nada es igual desde el vértigo abierto de este balcón fortificado de sillares troyanos con garitas en equilibrio, afiladas esquinas doblegadas con el cincel de la civilización y la sangre de los que te defendieron.

Una ristra de piedras blancas me hace sentir la sal de Akra Leuka que guardo en el corazón palpitante, siento la frescura de una brisa mágica, oxigenada que pone el mar en pie como si las olas me saludaran con sus manos espumosas de primera comunión y flores desde el fondo del mar, una tras de otra, sabiendo que van a morir en el malecón resistente escudo del Hotel Meliá; por ello, los hombres mediterráneos nacemos con esa pizca de sal marina entre los labios del beso pronto y rápido de sentimientos y fáciles lágrimas.

Ya son las tres de la tarde, y me dan las cuatro sin que me dé cuenta de que han llegado las cinco, y a las seis me parece pronto para abandonarte en la contemplación imantada, magnética, huella de un recuerdo sin pasado. Porque el tiempo se me pasa soñando.

En la bahía de Alicante, los barcos se contonean con la línea del horizonte, domadores con látigos de estelas sobre fieras de espumas -caballos alados galopando olas iridiscentes-, partiendo en dos el lomo del Ponto, del Odiseo mar y dormitando en brillos, jardín de peces colgados de los árboles submarinos, estrellas de mar entre perchas de fieras marinas, quimeras pasando el día con senos al sol.

Mar alicantino inigualable, que tiene la temperatura de la sangre, luz rezadora, ser divino ecuóreo, acostumbrado a la buena vida de los puertos tranquilos y de las bahías dulcísimas, de clima tierno y complaciente, y  de la buena mesa del caldero y el pescadito frito de la terrazas del puerto, con caldos que de la raíz torcida de las vides del Vinalopó, nacieron tintos, blancos y dulces.  Mar que de la mar me vengo, beso, voy con la prisa de las olas y en el alma me hago una cuna de raso y seda que mi mente borda en recuerdos.

Amo tu mar como amo la vida que rociara su agua desde tormentas dóciles y amables

Amo tu mar como amo la vida que rociara su agua desde tormentas dóciles y amables en esa lluvia cuyas gotas resuenan en los espejos que sobre la tierra húmeda se van formando. Amo tu mar apaciguado de olas vegetales, quizás  perfectas entre la música que  me obnubila y, una sal antigua de minerales que calma los dolores de mi artritis envejecida.

Mi libro Robinsón por Alicante, publicado en Amazon, es la correspondencia que ha mantenido, secretamente, durante años, durante una y otra floresta de los almendros de nata con Alicante. Y es que, como un milagro, porque cuando los almendros florecen iluminan con sus luciérnagas el paisaje de estos campos de Castalla, de Tibi y de  Jijona,  donde se elabora el mejor turrón del mundo, donde las abejas volcaron su dulce miel de los prados exhuberantes de colores vivos. @mundiario