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En la ignota latitud del mapa mudo de las emociones

Paco Huelva hurga en ese fondo donde lo humano pierde pie. En Los otros que me habitan el rescoldo de las pasiones inflama la recóndita vesania.

En la ignota latitud del mapa mudo de las emociones
Portada de Los otros que me habitan, de Paco Huelva.
Portada de Los otros que me habitan, de Paco Huelva.

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Pedro Luis Ibáñez Lérida

Pedro Luis Ibáñez Lérida

Poeta, articulista y comentarista literario. Ha publicado varios libros de poemas, algunos de ellos premiados. Es de reciente publicación El milagro y la herida. Forma parte de la Antología Poetas en Bicicleta y de la Antología El Aljarafe y el vino. Colaborador de MUNDIARIO.

REGISTROS DEL ALMA HERIDA. La piel de los sucesos se apropia de la verdad oscura que realmente contienen. Son como los titulares de periódicos y noticieros sensacionalistas que abundan en el retorcimiento. La realidad es que su naturaleza oscila como llama de quinqué. Sombra y luz avivan sobre la pared la imperecedera contienda. En ese límite impreciso en el que como dos tribus vecinas, guerrean por la estrecha franja que delimitan sus territorios. Ese ramalazo de locura que aflige al ser humano ante la adversidad emocional a la que se enfrenta, es una compañía inveterada que se acentúa en la complejidad de la sociedad actual. Esa marca indeleble viene de fábrica y su origen no garantiza que el estigma se reduzca o desaparezca. Afecta por igual al intelecto y juicio independientemente de su condición social. Riqueza y pobreza no son consustanciales a este estigma. Si bien no es menos cierto que en los contextos de miseria el determinismo biológico, económico y social se congracia con este ademán abigarrado, pasional y cruento que aspira, sencillamente, a saldar cuentas. No obstante, ceñirlo exclusivamente a ello desmerece la gangrena que sufre, por ejemplo y como escaparate público de lo humano, la política y los procesos de corrupción en la que se encuentra inmersa. En este delirio interesado cobra especial relevancia las escuchas telefónicas que nos permiten si evitamos el sonrojo, aguzar psicológicamente en la personalidad de quienes concilian ese tipo de entresijos siniestros. Y que, en cierta manera,  nos remite a esa doble figuración que nos plantea literariamente Robert Louis Stevenson en El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde, publicada en 1886, y que el pensamiento Henry Jekyll lo define de esta manera, “Y si soy el mayor de los pecadores, soy también la mayor de las víctimas”.

LOS OTROS QUE ME HABITAN –Editorial Niebla, 2017- compone un fresco existencial tan expectante como fascinante. Traza en el aire el brillo de la palabra encendida antes de cortar el aliento. El lector se ve envuelto en una serie de sucesos e historias que abundan en el fatalismo pero también en la compasión de los personajes que las protagonizan. El carácter aciago que impregna las narraciones –salvo los titulados Cuestiones inexplicables y Aquella casa vieja- tiene la capacidad de seducir e inmiscuir a aquel en la perspectiva de un submundo regido por otras reglas al margen de las formas civilizadas. Donde el apego a ese dominio de lo absoluto no permite concebir otra forma de relación o entendimiento. La marginalidad, el cainismo, el rencor, el sometimiento, la hipocresía, la violencia soterrada y manifiesta, la sexualidad, el odio, lo racial, entrelazan una tupida y sólida construcción gracias a la capacidad de su autor en no dirimir y tratar de ajustar la controversia que nos plantea. Es fedatario de unos hechos que describe con poderosa intuición literaria. Cada relato es un crujiente y apetitoso bocado que nos deja el regusto de su elaboración. La oralidad es una cualidad notable que irrumpe con premeditación y se convierte en un atributo merecedor de esa recompensa que persigue el escritor inconformista con su propia escritura. Estas doce historias se escriben hablando o se hablan escribiendo. La versatilidad de este ensalmo proviene de la empatía que sostienen fondo y forma. La voz en off secunda la acción y la motivación. El prójimo aparece con voz desnuda. Son testimonios como aullidos de lobo solitario. Confesiones ante ese sino que les ha tocado vivir a modo de ruleta rusa en el giro del tambor de un revolver ruso Nagant 1895,  antes de colocar el cañón en la tibia sien. Me recuerda a El fatalista, uno  de los cinco cuentos integrados en la obra Un héroe de nuestro tiempo, publicada en 1840, del escritor ruso Mijaíl Lérmontov. Mas la apreciación realmente interesante de Los otros que me habitan es la conexión con la figura del antihéroe de la novela picaresca española. Seres desafortunados y desairados con un fondo dramático que, en ocasiones, se matiza con esa malaleche que otros llaman humor negro, en un arrebato y desafío constante ante las desgracias y los reveses.

PACO HUELVA INDAGA CON VERTICAL ASOMO. La escritura del autor onubense se desliza con sutil arrojo a la sima del espíritu humano. Un viaje que le lleva a apuntalar ese pasadizo literario tan oscuro como incierto conforme se adentra en su interior. Con tea encendida va iluminando las estancias dramáticas que sustancia esta obra. En el año 334 a. de C., Aristóteles fundamentó que la tragedia griega a través de ciertas circunstancias que suscitan piedad o terror, tiene la capacidad de lograr que el alma se eleve y se purifique de sus pasiones. El autor de La búsqueda de la identidad incorpora esta catarsis a la vista de las miserias humanas que describe con perspicacia, dejando el telón de fondo difuminado y troquelando a los personajes sobre este para dotarles de relieve. Quizás no existe una lucha contra el inexorable destino como en los clásicos, pero sí una constatación de hechos que reformulan la práctica vital como experiencia inefable e inédita. Lo rural parece acaparar la atmósfera social donde se desarrollan la mayoría de los textos. Aunque no debemos desdeñar la apuesta implícita por interpelar al ser humano, en esa misma orientación que señalara la escritora británica Agatha Christie: “En la vida de todos hay capítulos ocultos que se espera nunca puedan ser conocidos”, que corresponde su obra El caso de los anónimos, publicada en 1943. Tras las puertas de nuestros vecinos, incluidas las de nosotros mismos, nadie sabe lo que se cuece. Ese misterio, que no alcahueteo, esconde otra realidad desconocida y paralela a la visible que la cotidianidad nos procura y que, en determinados casos y momentos, nos sorprende.

APUNTES Y HUELLAS DE NEORREALISMO. Tonos en blanco y negro que insisten en la crítica no formal y sí evocando la propuesta estética y movimiento cinematográfico iniciada con Roma, ciudad abierta, película italiana dirigida por Roberto Rossellini en 1946. Los sentimientos de los personajes son prioritarios sobre la trama. Es una crónica que no tildo de negra y sí de social, como si de un documental se tratara con la connotación de hacer pensar. Estos relatos reflexionan con el lector en un diálogo que no cesa y que les lleva a intimar con el dolor. La sinceridad se extiende como un mantel desplegado sobre la mesa. Las vivencias se verbalizan sin reprobaciones o pareceres. Es el peso de los hechos, sin más. En este punto, la aportación de los vivaces dibujos del pintor y escultor onubense Víctor Pulido que anteceden a cada narración, incorpora los rasgos faciales que prologan plasticamente a los textos. La apuesta de la Editorial Niebla es un acierto rotundo. No solo en el contenido, también en el continente. Una edición exquisita, de tapa dura, texto aireado, márgenes ajustados y tamaño de letra que favorece el gusto por esa aventura interminable y, por ello, excepcional, que es la lectura. Aquella casa vieja es el título del breve relato que cierra esta obra. Se diferencia del resto –al igual que Cuestiones inexplicables pero por otras razones que tantean el  gracejo e ingenio- por la argumentación que conlleva. Precipitándose hacia la mirada líquida y resonancia evocadora de César Vallejo. El lirismo humanísimo del poeta peruano en su obra póstuma  Poemas humanos, publicada en 1939, se expresaba así en el poema en prosa titulado No vive ya nadie…” —No vive ya nadie en la casa —me dices—; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido. Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado”. La memoria de los nuestros nos habita, pero también la de aquellos que nos recuerdan que alguna vez todos fuimos un papel en blanco sin historia.