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Determinismo

Imaginar no impide determinar que todo transcurre ajeno a la pesadumbre: depurándose con dosis menos amargas y restituyendo, modélicamente, la percepción del que imagina.

Floración impostada. / Paula Esfra.
Floración impostada. / Paula Esfra.

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Marcus Daniel Cabada

Marcus Daniel Cabada

Es editor y director de la revista Ligeia. Investigador divulgador de la BNE, también coordina el anexo de investigación Theatrum Mundi y traduce la obra poética de Robert Louis Stevenson y Edgar Allan Poe. Ha publicado varias obras en narrativa y verso, por las que ha recibido galardones nacionales e internacionales, como el Charlotte Sabine de Novela Experimental o el Narrador Estratega de la ASCHI. Ejerce de profesor titular de lengua y literatura española y literatura universal en un centro. Su última obra es ‘El llano circular’. Escribe en MUNDIARIO.

Son las 3 am. Un cochero aporrea el claxon y recoloca el retrovisor. La mano le emerge, mimética y afásica, de todo lo oscuro: espera que, aunque levemente y con desgana, alguien reaccione a su aspaviento manual. Poco después, la retorna al bolsillo. El acto o serie, para mí (que estoy en la ventana), parece trascender más allá de lo que se ve: el resguardo de los dedos ―uno a uno, tan precisos―, y con ellos cierta quietud, lo aíslan de concebir el pantalón como la muralla que ampara esa porción de cuerpo. Para el escritor, por ejemplo, sería fatal: un trozo embotellado del aire que lo sustancia, o el vidrio estallado de la botella que sella el corcho. El hombre ignora, seguro, esos pormenores, tal y como se puede ignorar lo que se vive.

La acción humana está determinada por una cadena de acontecimientos anteriores cuya nebulosa es tan nimia y turbia como lo pasado, y tan impredecible como el porvenir.

Mientras sucede, me es inevitable discurrir que cualquier hecho singular quizá sea de todos si, en su enredo, se nos insta a permanecer en torno a él no pocas veces, invariablemente: ésas en las que, como en un atolladero, los pensamientos se reintegran toscos e indescifrables; ésas en las que se nos instaura una realidad inmediata a expensas de reafirmarse continuamente en aquello que contiene, y así poder sobrevivir. Uno es inteligente y bobo, perspicaz y torpe, observador y abstraído en la medida en que comprende que todo hecho es relativo, y no tan absoluto: el tiempo ―que prosigue― puede ser sosegado o irritable según la índole del que lo almacena para sí, o según su destino. Por despótica que sea, la acción humana está determinada por una cadena de acontecimientos anteriores cuya nebulosa es tan nimia y turbia como lo pasado, y tan impredecible como el porvenir, que será igual de transigente.

En esas zonas fronterizas se devalúan las cosas que más o menos ignoramos: aquellas que, abstrayéndonos de la realidad, nos proporcionan ficciones hoy ausentes.

En el mundo hay quienes ya no están, como el coche y el cochero, o como su avistamiento de las 3 am. Son, generalmente, aquellos cuya vida prosigue sin más dilación, cuya rueda o bovina los retrae conforme avanzan. La vida les continúa, inconmovible y no exenta de secretismo: unas veces se les quiebra el espíritu, y otras lo insospechado. En esas zonas fronterizas se devalúan las cosas que más o menos ignoramos: aquellas que, abstrayéndonos de la realidad, nos proporcionan ficciones hoy ausentes. Entonces uno sabe que imaginar no impide determinar que todo transcurre ajeno a la pesadumbre: depurándose con dosis menos amargas y restituyendo, modélicamente, la percepción del que imagina. Con su resurgir, la condición humana también renace, foránea y algo menos en cueros. @mundiario