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Crónica de la noche (I)

Aquella noche comprendió que la imaginación era como un tigre invisible que la desgarraba con cómoda y honda brutalidad... Nueva serie de este autor.

Crónica de la noche (I)
Ley de una imaginería noctámbula. / Paula Esfra
Ley de una imaginería noctámbula. / Paula Esfra

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Marcus Daniel Cabada

Marcus Daniel Cabada

Es editor y director de la revista Ligeia. Investigador divulgador de la BNE, también coordina el anexo de investigación Theatrum Mundi y traduce la obra poética de Robert Louis Stevenson y Edgar Allan Poe. Ha publicado varias obras en narrativa y verso, por las que ha recibido galardones nacionales e internacionales, como el Charlotte Sabine de Novela Experimental o el Narrador Estratega de la ASCHI. Ejerce de profesor titular de lengua y literatura española y literatura universal en un centro. Su última obra es ‘El llano circular’. Escribe en MUNDIARIO.

Antes de revelar un leve signo de piedad, elude varios actos anómalos, lamenta la boca riente y rehúye el lloro: comprende ―como heredera de una épica voluptuosa― que desaguando las materias del olvido sólo se pueden avivar más las conmociones. Poco después, familiarizada entre una conjetura interior de carbón y neblina, comprueba que digerir la afrenta presupone errar por la ciudad, donde el crepúsculo, donde la huida y el encuentro, donde los caminantes súbitos y embaulados y el tiempo perdido. Así medita el regreso a la casa.

Al entrar al zaguán la entusiasma sospechar que todo termina, porque allí, donde el padre un día le puso de nombre Persia, todavía se diluye la fatiga y la miseria: a la diestra de la primera estancia reluce la pipa con grabados de chacales y oro bruñido; al otro lado, sobre el anaquel, una figura de Alfonso el Magmánimo configura el Vir sapiens dominabitur astris. Ello no lo es todo: más allá de su hermosura, el cuarto se puebla de volúmenes, imaginarios oblicuos y leyendas y fábulas de infancia. Es uno de ellos, erigido en urdimbre de pergamino y con grafía manual, construido con asidua labor y vasta destreza, el que denota el mayor interés de Persia.

A la sombra de un brusco silencio y proponiéndose leerlo, se tumba y esquiva pretensiones, y arrastra el pensamiento de aleccionarse en la materia, y se entrega más tarde a la oscuridad del sueño: en él, pone en evidencia la mar de Ulises y los grifos de Alejandro Magno, las quimeras del hidalgo Alonso Quijano y las retóricas de Aristóteles, las famas, honras y querencias, la absolución de los pecados y el septenario de la erudición y del conocimiento.

Surge de Persia en cuanto despierta un lamento de persecución: una utopía, como toda desmemoria, en la que ella es la perseguida y él, aquella silueta, aquel emblema y símbolo del pasado, un perseguidor que renace amenazante y en forma de tigre. Antes de partir, suscita decirle: “Te protejo y te corono”.

El hecho hace que Persia medite acerca de la confusión de infamia y bondad y que se acreciente el desconocimiento de lo que había pasado. ¿Era real el sueño? ¿Había dormido de veras? ¿De verdad lo había vivido o lo habría leído en el tremebundo manuscrito? ¿Se habría convertido a la paradoja de confundir ambos mundos? ¿O acaso habría ya perdido la razón de ser?

Entonces, al levantarse y sellar las ventanas, comprende algo: la imaginación es un tigre, el tigre soñado: un tigre invisible que la desgarra con cómoda y honda brutalidad, un tigre reflejado en el Tao ―el Bien dentro del Mal; el Mal dentro del Bien― y que, como su origen iranio, es agudo, punzante, veloz como una flecha e inmortal ante las generaciones en la tierra.

Ahora, ya en la mañana, Persia erra en tempestad por los suburbios de la ciudad. De nuevo, pasada la noche, sus manos revelan la evidencia de otro fin: la sangre ­―llana a la luz y noble a la sombra― es alzada al viento. Entre tanto, comprende un poco más las acciones de un universo cuyos misterios no son tan impenetrables y que, como profiere la venerable locución hebrea, prevalecerá por los siglos de los siglos. Luego, en un acto de compasión, se convence: “Amén”.