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Cena en la Embajada de España

Es difícil imaginar, envuelto en el venerable silencio de aquellos espacios, la indisciplina y soberbia generalizada del grupo de incipientes artistas a los que además, les quedaba tanto por demostrar.

Cena en la Embajada de España
Salón de la embajada.
Salón de la embajada.

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Arturo Franco Taboada

Arturo Franco Taboada

Escritor, profesor de arquitectura, dibujante y colaborador de MUNDIARIO.

Solo en contadas ocasiones, la Academia de Bellas Artes de España en Roma, facilita alojamiento a visitantes ajenos al sistema de selección tan riguroso que premia con su beca cada año a un grupo exclusivo de 18 aspirantes entre las élites humanísticas. A pesar de este acceso restringido, era la segunda ocasión en que me alojaba en el vetusto edificio, levantado en lo alto del monte Gianicolo.

En la primavera de 2014, mi hijo Arturo finalizaba su estancia de tres meses becado en la Academia, y tuvo a bien alojarme en su apartamento del jardín colindante con la Embajada. Yo había sido invitado a un encuentro de poetas por José Antonio Bordallo. 

En aquella ocasión avancé un capítulo de mi última novela "El Viaje de Bolzano", que discurría en la propia ciudad de Roma, y ahora regresaba como ponente de un simposio sobre el escritor Valle Inclán, y la sombra del poeta volvía a vagar por aquellos claustros franciscanos y las solemnes estancias que él mismo había amueblado con bizarría. 

Así como nadie puede ver el coliseo romano sin recordar a Henry James y Daisy Miller, si has tenido noticia de la estancia en la Academia en los años treinta del escritor gallego, no es posible obviar sus huellas, deambulando por sus pasillos y jardines, y la memoria de las dificultades, los problemas heredados, las voces de disidencias y enredos con que los becarios amargaron la estancia del autor de las Sonatas, disminuido además en aquellos días por culpa de sus achaques.

Es difícil imaginar, envuelto en el venerable silencio de aquellos espacios, la indisciplina y soberbia generalizada del grupo de incipientes artistas a los que además, les quedaba tanto por demostrar.

Tuvimos ocasión de evocar la novelesca vida del dramaturgo en Italia, su trato personal con el poeta D´Annunzio, y la coincidencia con sus rasgos de carácter heroico y patriótico, tan parecidos, excepto en la ironía, más propia de Valle Inclán.

Objeto del simposio era fundamentalmente la actividad teatral de Ramon del Valle Inclán, escribiendo un drama tras otro para poder mover la máquina de ingresos familiares. Dramas que Josefina, su esposa, representaba haciendo el papel de zagal o jovenzuelo como en las primeras representaciones de las comedias de Shakespeare.

Una de aquellas noches, fuimos invitados a una cena en la Embajada de España, y hay que ser algo presuntuoso para declinar tan honrosa invitación

Una de aquellas noches, fuimos invitados a una cena en la Embajada de España, y aunque coincido con Berlioz, que es cierto que las fiestas en Roma tienen algo de la poesía que coloca la muerte al lado de los placeres, hay que ser algo presuntuoso para declinar tan honrosa invitación.

De mi gusto hubiera sido acudir al barroco palacio en carro tirado por caballos. En el otoño romano, el amable crujir de las hojas muertas bajo las ruedas, harían más cinematográfica la llegada a la cita.

Pero los tiempos son otros y la vecindad de la Academia, donde me alojaba, simplificó el programa, como verán.

A las ocho y media, con gran puntualidad e impecable decoro, dirigidos por la nueva directora, accedimos a la embajada por un camino secreto. Cruzar los jardines casi en la oscuridad y dejando a un lado el tremendo desafuero de un hórreo gallego de casa abolenga, requisado en el puerto de Civitavecchia a un hortera descuidero californiano, añadió una nota esperpéntica a nuestro rocambolesco acceso de tintes clandestinos al interior del palacio, que de pronto, atravesando un recoveco laberíntico, apareció magnífico en toda su gloria, con sus luminosas arañas de cristal, encendiendo mármoles blancos y preciosas maderas oscuras que enmarcaban pinturas históricas, ensombrecidas por los pigmentos oxidados por el paso del tiempo.

No sé si el fantasma de la hidalguía del gallego Valle Inclán nos arropaba esa noche, el caso es que la recepción de su Excelencia el embajador de España, esperándonos en el gran vestíbulo central, me pareció, a mí al menos, como cruzar bajo una antigua magnificencia regia más propia de españas renacentistas.

Un gran espacio circular cupulado en toda su altura, nos detuvo un momento, indecisos en el centro, esperando que nuestro anfitrión decidiese cuál de las misteriosas puertas que se abrían a aquella circunferencia, era la más adecuada. Enseguida, una descansadísima escalinata de mármol, vestida de moqueta azul celeste, nos acercó al resto de los invitados aquella noche.

Con mi mejor sonrisa ascendía despacio, intentando en todo momento, ceder el paso a nuestra amable y menuda directora de la Academia

Me ajusté el nudo de la corbata y seguramente crecí algunos centímetros de estatura  instintivamente. Con mi mejor sonrisa ascendía despacio, intentando en todo momento, ceder el paso a nuestra amable y menuda directora de la Academia.

Por fin llegamos al primer gran salón, con la chimenea encendida, en una noche solemne de otoño romano, llenando de luz dorada las cornucopias, los repujados marcos de los espejos, las caobas del mobiliario y hasta las cenefas de hilo de oro que ribeteaban las tapicerías. 

Otra sala más, donde nos detuvimos intentando averiguar qué ciudad representaba un gran lienzo que cubría una pared arropada de tapices. Un papa con ropajes del siglo XV se movía bajo palio en una plaza de aspecto gótico, y al fondo aparecía un arco de triunfo de apariencia efímera y provisional como en la fiesta de la Sensa en Venecia. 

El Embajador, en toda su corpulencia, volvió sus pasos para explicarnos que el escenario representado era la plaza Navona. Me sorprendió la cornisa de viviendas populares que no se correspondían con los viejos grabados del siglo XVII que yo guardaba en la memoria de mi guía facsímil Ritratto di Roma moderna. Yo recordaba una Plaza con Santa Maria Agnese a un lado y San Giacomo de los españoles al otro, rodeadas de casas y palacios de la Signoría, pero no era cuestión de discutírselo al embajador, nuestro anfitrión.

Como la noche era un lujo, seguimos avanzando un salón y otro más, donde las damas de la fiesta esperaban a ser presentadas a los invitados.

Adelantándose la amable esposa del Embajador, nos fue presentando una a una a tan ilustres comensales, todas elegantes, ma non troppo.

El palacio jamás había sido de España, siendo adquirido en los años sesenta por deseo explícito del general Franco, a un aristócrata italiano

El Embajador estaba deseando enseñarnos la terraza desde donde podía contemplarse Roma tras la otra orilla del Tíber. La noche, aunque lejos de la estación de l´aria cattiva, era espléndida. Yo comenté en voz baja que el palacio representaba la auténtica marca España, espejo de dilapidadoras ostentaciones históricas, y que tan brillante presencia ensombrecía la memoria de un soberbio duque de Osuna agasajando al zar de todas las Rusias. Debió oír el Embajador el comentario, que se adelantó para aclarar que el palacio jamás había sido de España, siendo adquirido en los años sesenta por deseo explícito del general Franco, a un aristócrata italiano.

Ya en la terraza y asomados a aquel extraordinario balcón intemporal, se me ocurrió comentar que tal vez desde un lugar tan privilegiado, Nerón había podido contemplar, según la leyenda, el incendio de la ciudad. Al noreste, el emperador, vería el templo de Agrippa y al sureste la vía Apia por donde huía del fuego gran parte de la población aterrorizada. El embajador debió sentirse provocado por la anécdota que, orgulloso, señalaba hasta donde llegaban sus dominios.

– "Esto es mío". Sí, con esas mismas palabras, y dibujaba en el aire unas lineas de demarcación. 

– "Esa parte de la derecha también… son los jardines orientales de la Embajada"; 

Una cascada de exuberantes trepadoras cubría toda la fachada, colgada como el palacio de Semíramis. ¡Qué lugar tan soberbio! pensé. ¡Para sentirse un grande de este mundo! 

El Embajador de España no tenía nada que envidiar al Excelentísimo Sr. Don Mariano Téllez-Girón y Beaufort-Spontin, XII Duque de Osuna, solamente era más comedido y no parecía capaz de tirar la vajilla por la ventana después de la cena.

En un instante me pareció que asomaba una sombra huidiza sobre su rostro. Ante la pregunta impertinente de un invitado, respondió apesadumbrado 

– "Yo me jubilo este año…, ya tengo setenta años", subrayó como esperando un incrédulo desmentido por nuestra parte.

Su Excelencia iba aparentando su edad conforme avanzaba la velada. Su rotunda humanidad iba doblegándose con el paso de las horas...

Su Excelencia iba aparentando su edad conforme avanzaba la velada. Su rotunda humanidad iba doblegándose con el paso de las horas, como esas añosas plantas de invernadero que van curvando las pesadas ramas, ante la inexorable fuerza de la gravedad. Yo, que era de la quinta de su Excelencia, comprendía indulgente y admiraba su inclaudicable cortesía hasta el último momento.

Un frugal aperitivo fue servido previamente a la cena. El vino frío y la chimenea encendida en el salón, comenzaban a anunciarme que sobraba el paño de mi americana, el día había comenzado desapacible y tal vez esa circunstancia me confundió. Fue entonces cuando me acorde de que aquella mañana me habían despertado los graznidos de las cornejas y los corvidos, tan abundantes en el monte Gianicolo, con sus gritos quebrando el silencio monasterial de la Academia. Se anunciaba un día lluvioso y sucio cuando crucé ante la puerta abierta de San Pietro in Montorio, que un operario raspaba con una rasqueta preparándola para pintar. Me detuve un instante para contemplar la joya del clasicismo, maqueta del arquitecto Bramante para San Pedro y paradigma de sostenibilidad con sus dieciséis columnas recuperadas de algún templo dórico. 

En la iglesia franciscana contigua, se resguardaba de la lluvia una legión de invitados que esperaban a los novios de una boda. Entré un momento y crucé la nave entre la gente elegante, los frescos de San Francisco y las flores blancas a los lados. Me detuve un momento ante suntuosos catafalcos. Sobre sus sarcófagos de mármol descansaban recostados patricios romanos, los cardenales Riccio, Portuen… Todavía sigue casándose la gente con ese fasto antiguo y familiar, pensé. No escarmientan, me dije a mí mismo desde la absurda suficiencia de mi largo historial de fracasos personales. 

Mientras descendía la montaña  pegado a los arcenes, todavía de viejos adoquines negros, el aire traía flotando una nube de hojas húmedas por la lluvia incesante

Mientras descendía la montaña  pegado a los arcenes, todavía de viejos adoquines negros, el aire traía flotando una nube de hojas húmedas por la lluvia incesante. Los plátanos centenarios flanqueaban el sendero sembrado por una densa alfombra de hojas muertas de oro viejo, y yo bajaba hacia el Trastévere, apurado por tomar un tranvía que me llevaría hasta el corso Enmanuelle con el ineludible compromiso de adquirir sin falta una corbata apropiada para el encuentro en la embajada.

Igual que en otro tiempo el director de la Academia de Francia sentaba a su mesa a las más bellas de Roma, había una Bella aquella noche, que el azar tan caprichoso sentó a mi lado. A su derecha el embajador se quejaba celoso a veces, de que solamente yo fuera el sujeto agraciado de todas las atenciones que me prodigaba la dama. Bien casada, en principio, era aquella, me dijo, una de tantas noches solitarias en la vieja ciudad pagana, lejos de su marido, destinado en otro país. ¡Qué tentación! Por qué no invitarla a mi espacioso apartamento aquella misma noche, barrunté amparado en la osadía que me brindaba el Marqués de Riscal de mi copa oportunamente repuesta.

Lo había decidido, le haría llegar mi invitación secretamente, pero esperaría la ocasión propicia.

Hablamos de su bella ciudad del norte y celebramos la coincidencia de su saga familiar y nuestros comunes destinos, tan cercanos a la arquitectura, y también, y eso fue a mi iniciativa, de sus ojos negros, dibujados solo con finas rayas todavía bajo las cejas, que subrayaban su madura belleza, como una súplica a apresurarte a gozar del tiempo que huye tan deprisa y se nos va como agua entre las manos. 

No sé lo que hablábamos sin cesar y creo que ella tampoco, porque nos amábamos sin remedio. Solo recuerdo de aquel instante, cómo movía los labios sensuales y lentos...

No sé lo que hablábamos sin cesar y creo que ella tampoco, porque nos amábamos sin remedio. Solo recuerdo de aquel instante, cómo movía los labios sensuales y lentos, mientras saboreaba la bechamel con las espinacas, ignorando premeditadamente el elocuente silencio del Embajador a su lado, que lejos de acuciarla con su presencia presentida, le daba fuerzas para acentuar sus atenciones hacia mi persona. ¡Qué desconsideradas son las Bellas en ciertas ocasiones! 

Su Excelencia, el Embajador, tenía enfrente a su esposa, que a buen seguro, y corporativismos aparte, había decidido el protocolo de la mesa. En lo que a mí respecta, me pareció una inteligente distribución de los comensales: 

A mi izquierda, una becaria distraía con sus encantos a su Excelencia el Consejero Cultural de la Embajada de España. Frente a mí, a metro y medio de distancia, las voces de la conversación se difuminaban confusas, y más a la derecha, ya alejados en la ovalada mesa, se sentaban el resto de los invitados: Joaquín del Valle Inclán, con sus ojos achinados y su discreción oriental, Francisco Charlin, director de la revista Cuadrante, y ya más lejos, Daniella Gambini. Echaba de menos en aquella mesa a una de las estrellas invitadas al simposio, el mayor experto en la peregrinación y caminos de Santiago, Paolo Caucci, que había declinado la invitación por tener que trasladarse a Peruggia antes del anochecer. 

Aproveché una isla de silencio en medio de la agradable conversación con mi compañera de mesa y me disculpé unos instantes.

Guiado por uno de los asistentes, descendí al gran vestíbulo de entrada, y allí, oculto en un diminuto excusado, redacté sobre una tarjeta, una nota furtiva y apurada. 

Querida. Nada más lejos de mi deseo que importunarte. Todavía impresionado con tus ojos negros, me atrevo a proponerte seguir esta conversación después de la cena…

"Querida. Nada más lejos de mi deseo que importunarte. Todavía impresionado con tus ojos negros, me atrevo a proponerte seguir esta conversación después de la cena… Tal vez dando un paseo por el hermoso jardín de la Academia (?), este es mi contacto, que tendré activado toda la noche, solamente para ti".

Cuando volví comenzaban a servir un delicioso pastel de helado que parecía sacado de las recetas del diccionario de cocina de Alejandro Dumas. Al poco el Embajador se puso en pie y nos invitó a levantar la mesa y pasar de nuevo al salón contiguo, y siguiendo las normas del arte de recibir, desgraciadamente ya en desuso entre la burguesía, se nos ofreció un limonchello muy frío del golfo de Salerno, que ayudó a prolongar la velada, entre anécdotas y los poemas que el poeta gallego Paz Gago dedicaba a las damas, a quienes nombraba una por una, para su asombro. 

A una hora prudencial, nuestro grupo dio señales de finalizar la velada. Atrapé al paso de un camarero otra bebida helada, que consumí de un trago, buscando fuerzas para mi último asalto. 

Fuimos despidiéndonos unos de otros. Me acerqué a la princesa con la esperanza de que no fuera la última vez y le tomé la mano haciendo ademán de besarla. En ese momento le deslicé la nota en la palma que apretaba entre las mías, mientras le agradecía que fuera tan agradable conversadora. Ella, sorprendida sin duda por mi osadía secreta, se brindaba, mientras se despedía, a ser mi cicerone si alguna vez visitaba la bella ciudad de Lituania donde residía.

El Embajador nos fue despidiendo a todos personalmente, ordenando al servicio pedir coches excepto para los que nos alojábamos en la Academia, que volvimos a retomar de vuelta nuestro sigiloso y reservado camino.

Nervioso, estaba pendiente de mi móvil en el bolsillo; elocuentemente silencioso, tropecé con una hoja de papel doblada...

Ya en la Academia, me oculté en el salón de los Retratos y entretuve mi espera contemplando la noche romana a lo lejos desde el gran ventanal. Intentaba escudriñar la Roma imperial. A pesar de la luz grosera del Palacio Venezia, se dibujaba luminosa la plaza del Campidoglio, con el Aracoeli a la izquierda y las cornisas escultóricas de los museos Capitalinos y la torre del palacio de los Conservadores. Mientras, nervioso, estaba pendiente de mi móvil en el bolsillo; elocuentemente silencioso, tropecé con una hoja de papel doblada. Aguardé un momento perezoso, tanteando la nota. De pronto la saqué… "Querida. Nada más lejos de mi deseo…" 

Dios mío, cómo podía ser tan estúpido. Qué mensaje le había dejado entonces entre las manos a mi princesa aquella noche. 

Y además, ¿qué hacía allí esperando, mirando hacia la noche como un imbécil?

No podía ser verdad. Tal vez la factura de la corbata. ¡Menudo capullo! Sentí el calor en mi cara ardiendo y me desplomé en uno de aquellos vetustos sillones Luis XV, que con tanto celo había buscado Don Ramón en los anticuarios de Roma, setenta años atrás.

Languideciendo fracasado sobre aquel sillón, me quedé dormido un cierto tiempo y tuve un sueño fugaz. Gabriele d'Annunzio, vestido con impecable camisa negra, asistía divertido a una disputa entre un celoso Mussolini y el escritor gallego Valle Inclán por causa de una mujer, una bella princesa siciliana, de la que al parecer estaba locamente enamorado el laureado poeta.